martes, 5 de agosto de 2014

Torcida

Cuando llegué al mundo no sabia que tanto el cariño como el cuerpo crecen a través de los años. Algunos lo hacemos hacia arriba, hacia los lados o para todas partes.
El problema es que el cariño se ha hecho demasiado grande y he tratado de repartirlo por todas partes y todavía me queda mucho adentro y no sé que hacer con el.
Si quizás le diera al resto la mitad de lo que no me doy a mi, no viviría con la desbordante sensación de cariño en la garganta, no se me secarían los sentidos por retener lo que por naturaleza sólo debería poder salir, ni me tiritaría el alma por encontrar un ser humano en quien pueda depositar cariño sin mesura de tiempo o espacio.
Y fíjese usted, que si ha de conocerme, sabrá que todo lo que hago suelo hacerlo en exceso.
También sabrá que no hay barrera que ponga límite a mi mente enferma, ni balanza que logre equilibrar mis emociones.
Al igual que algunos árboles, mi mente se torció durante mi desarrollo, pero no me juzgue anticipadamente individuo desconocido por mi aparente desviación física o quizás mental.
Sé que no vivimos en Disney ni que Quasimodo existe en la realidad real.
Lo cierto es que lo extraño perturba y lo conocido produce seguridad, pero no sequemos precozmente a los seres humanos que se están por estrenar, nos queda la adultez para eso.

Creo que la muerte asecha a los ancianos y el camino hacia su muerte los encoge y transforma sólo por falta de cariño, ya que nadie logra ver la belleza y sabiduría que tienen aquellos cuerpos torcidos.

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